Tori Amos es una genio certificada, de eso no hay duda. Su primer disco, Y Kant Tori Read, hacía referencia a que la corrieron de una universidad donde estaba estudiando música porque no podía leer notas y prefería tocar de memoria, claro, pensarán que es oximorónico decir de una genio certificada que la corrieron de una universidad, pero la corrieron a los 11 años y entró a los 5.

Sin embargo, el mundo se tardó lo suyo en cachar que Tori era genial. Y Kant Tori Read fue lo que los gringos conocen como un flop (vendió nada,) en parte porque era, como el primer proyecto de Lenny Kravitz (Romeo Blue,) un intento de hacer pop cuando a la mejor lo correcto era hacer algo menos perfilado hacia el Top 40. Por desgracia, fue hasta que Tori escribió Me and a Gun, que su disquera puso realmente atención y la volvió una prioridad.

Y digo por desgracia, porque es un relato súper duro de la violación de la que fue víctima. Ahora bien, la música sana y que el Little Earthquakes de Tori Amos haya salido significó buenas cosas para ella y para sus fans, una generación de mujeres víctimas de abuso que por primera vez tuvieron una voz que contara una versión de lo que les pasó (y no soy tan ingenuo de pensar que no hubo quién lo hiciera antes, sólo apunto que una generación muy específica logró conectar con la historia personal de la Amos.)

En ese entonces el mundillo de la música era un lugar muy diferente, el pop y el alternativo tenían un hijo juntos: el pop alternativo y de alguna manera, tal vez por ese lado hipermelódico que tenía el Nevermind de Nirvana (y bueno, los Pixies mucho antes,) era menos pedo que los antiguos esposos convivieran y se llevaran bien en aras de su chilpayate. Ahora pareciera que se nos olvidó o tal vez es que nos han tocado rachas de un pop no tan chinguetas (la neta, Pharrell y Justin Timberlake me han fallado ca-brón.)

El caso es que, véase por dónde se vea, el Little Earthquakes es uno de esos flukes que muy posiblemente no va a volver a pasar en el clima actual por el que están atravesando las disqueras major (¿las? Universal, que es lo poco que queda, el merger entre EMI y Universal y algunos subsellos medio fuertes.) A la mejor tendríamos que felicitar a Rhino por, una vez más, haber rescatado una pieza arqueológica que nos recuerda el tipo de carreras que ahora no existen, no como antes.

En fin, el disco sigue siendo una joya, con o sin la historia personal de su escritora, si tan sólo por la mezcla tan característica de una sensibilidad pop, un dominio absoluto de la voz y el piano y un dejo de rareza que nunca ha abandonado a Tori, mismo que no le dejaba hacer synth pop a la Top 40 en paz y que se agradece. Más Toris, chavos, hacen mucha falta.

 

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