Hola, soy ChuckPee y debo confesar que algún rato sí me clavé cabrón en las propiedades curativas de la música… Sí, yo sé, suena fatal y más si se toma en cuenta que el primer género con “intención sanadora,” es el turbo vapuleado “new age.” Pero pónganme tantita atención y les voy a compartir todo lo que sé al respecto; ahora sí, síganme los buenos.

La idea detrás de que la música puede sanar data de tiempos ancestrales, por ponerles un ejemplo:

Esos monjes tibetanos practicantes del zen están haciendo cantos guturales tradicionales, es una de las expresiones más viejas de “música” sanadora, pero tiene el truco de que primero los sana a ellos mientras lo hacen, para luego sanar a todos aquellos que están cerca…

Hay muchos ejemplos más, está el trabajo de Gurdjieff y sus composiciones para piano que, cuando se sumaban a sus danzas iniciáticas, se decía tenían la capacidad de ampliar el espectro de conciencia de los danzantes. Pero una vez más, es otro caso donde lo importante es la participación de la gente a ser sanados i.e. los bailarines. Hay una compilación súper bella del verdadero new age (casi todo editado de manera privada en ediciones rara vez de más de 1,000 copias que se mandaban por correo, la gran mayoría de las veces) que se llama I Am The Center: Private Issue New Age Music In America 1950 – 1990.

Después de esa compilación, poco a poco empecé a comprar algunas de las otras obras de los artistas que más me llamaron la atención de la misma; como RVNG INTL. y Sun Araw han reeditado algunas cosas de new age, me clavé por ahí y descubrí que Peter Michael Hamell y Randall McClellan habían escrito libros al respecto de los poderes sanadores de la música: Thru Music To The Self y  The Healing Forces Of Music: History, Theory, and Practice, respectivamente. El trabajo de ambos (reeditado por un sello barcelonés y el sello de Sun Araw, otra vez respectivamente) es súper jipi, pero altamente recomendable para meditar.

Ahora bien… ¿Quieren la versión súper simplificada o prefieren comprarse los libros? Ok, sobre advertencia no hay engaño y lo que sigue es la versión súper simplificada; tanto Hamel como McCLellan llegan más o menos a la misma conclusión, que es que en el proceso curativo a través de la música, tal vez lo más importante es participar activamente, ya sea componiendo, cantando, bailando, vamos, haciendo cualquier otra cosa que no sea sólo escuchar pasivamente, esto es en parte porque no hay una música que funcione para todos: diferentes escalas afectan de distintas maneras a diferentes culturas, tú le pones nuestra música de “miedo” a un africano de una tribu y le va a valer un comino, ellos tienen otras referencias culturales y no han aprendido cómo suena la música de misterio occidental.

Pero eso no necesariamente quiere decir que la música NO sane, sí, sana principalmente al creador al ser uno de los actos más catárticos que existe y aquí quiero poner por ejemplo este disco del percusionista Mike Weis, quien lo hizo tras ser diagnosticado con cáncer de próstata en 2014. Esto es lo que Mike tiene que decir al respecto (mediante la nota de prensa que acompañó a su disco)

“’I used to think that music was my escape from reality, now I think it’s an escape into reality.’ – Mike Weis, 2014.

Mike Weis is probably best known for sitting behind a plethora of drums and gongs in long-running Chicago three-piece Zelienople, but his music is just as potent unaccompanied. Weis might be an obsessive collaborator (his work with Scott Tuma, Mind Over Mirrors and Kwaidan is also essential), but on his own, he is able to allow his unique percussive skills to bubble to the surface, without the intervention of conflicting egos.

He began working on Don’t Know, Just Walk under particularly difficult circumstances. It was 2013, he had just been diagnosed with prostate cancer, and was gearing up for a punishing year of “man-diapers and boner pills,” that could very well have been his last. Thankfully though, the time wasn’t entirely spent holed up in a hospital bed under the watch of urologists – Weis managed to spend choice moments in the woods or on prairies with a microphone, and in the Zelienople studio (which has long been in his basement) while the family slept upstairs.

These late night sessions weren’t only musical – Weis used the time to meditate, and to clear his head of the mental baggage that was clouding his view of the world. In spending time using Zen Buddhist techniques (which the title references), this allowed him to not only meditate on life (and its brevity), but also to inform his compositional and recording techniques. At this point, the music came naturally, and Weis began experimenting and recording without hindrance.

Using loops of field-recordings, gongs, radios, home-made instruments, drums and traditional Korean percussion, Weis pieced together an album that is as reflective as it is mesmerizing. Solo percussion albums are rare, certainly, but Weis uses his drumming simply as the record’s backbone, allowing his ideas to flourish overhead.

Don’t Know, Just Walk is a complicated record – an album about death that doesn’t dwell on the negative, and one created by a drummer that doesn’t contain a whole lot of rhythms. It’s right to expect the unexpected, and as Weis found solace in the recording process, and we too can find solace in the listening.”

En ese sentido, al escucharlo podemos acompañar a Mike (“el arte es un juego entre los hombres de todas las épocas,” decía Marcel Duchamp;), pero también podemos apoyarnos en su obra si estamos pasando por algo similar. Básicamente, el resument ejecutivo es que, en efecto, la música te sana cuando está hecha con esa intención del artista hacia sí mismo o hacia ti, pero también te sana si tienes la intención de sanarte y participas activamente, si no puedes cantar y/o bailar (digamos que estás paralítico, que puede pasar) hay tal cosa como escuchar con intención y, de hecho, la prensa internacional especializada denomina a ésto como “active listener,” pero una vez más lo más importante de todo es la intención… Si se paran después de leer este artículo y se les olvida absolutamente todo lo que dije, con que se queden con la intención me doy por servido.

“Ay, Chop, pero qué clavado… ¿Ahora qué mosca te picó?” ¿La neta? La Colundi Sequence de Aleksi Perala, este pedo musical que consiste en 128 secuencias creadas usando este método:

“each note is based on several specific biological/physical/chemical/mental/emotional resonances. e.g. 90-111Hz – Beta Endorphin range. 126.22Hz – 32nd octave of Earth year, The Frequency Of The Sun, Color=Green, Tempo=118.3 BPM, centering of magic, Hara(chakra). there are 128 specific frequencies in the scale.”

Misma de la que hice un mix rapidito para poner en radio pública.

Y ya… Si se sanan con todo ésto, qué bueno, mi intención de todo corazón es que encuentren una herramienta que les ayude a sacarse la arena de la vagina tantito (como es la intención con la que YO escucho TODO ésto, créanme,) a todos nos hace un chingo de falta y más viviendo en este mundo.

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