“Ahora la palabra Chernóbil acompaña toda nuestra vida. Pero ustedes no saben nada de nosotros. Nos tienen miedo”.

“¿Por qué no se escribe sobre Chernóbil? Siguen escribiendo sobre la guerra, los campos de trabajo… pero de esto, nada. ¿Es una casualidad? (…) Es un trauma de la cultura. Y nuestra única respuesta es el silencio. Cerramos los ojos como niños y creemos que el horror no nos encontrará”.

Una central nuclear, una ciudad, una catástrofe, un símbolo, un punto de inflexión, un estigma, un tema tabú, una lección, un acontecimiento… Chernóbil, la ciudad ucraniana junto a la frontera bielorrusa que da nombre al desastre nuclear del 23 de abril de 1986, puede tener muchos significados, pero a pocos pasa desapercibida y ya tiene desgraciadamente un nombre en la historia.

Chernóbil, central

“Nosotros tenemos miedo de todo. La gente sonríe menos (…). Para algunos, Chernóbil es una metáfora. Un símbolo. Para nosotros es nuestra vida”, asegura una de las decenas y decenas de personas entrevistadas por la reciente premio nobel Svetlana Alexiévich en su libro “Voces de Chernóbil”.

Con él, Alexiévich busca luchar con la pluma contra las dos citas que inician este texto: el miedo, el desconocimiento y la escasez de textos y explicaciones sobre un tema que (casi) todo el mundo ubica pero del que poco en realidad se sabe.

Y lo hace no con una novela de ficción o con un ensayo subjetivo de la autora, sino con muchos testimonios en primera persona: los de las decenas de personas entrevistadas por ella. Entrevistas en forma de “monólogos” en los que ni siquiera aparecen las preguntas de Alexiévich para que lo único que ‘escuchemos’ sean las voces de quienes, de una manera o de otra, lo sufrieron y vivieron, especialmente desde el lado de Bielorrusia, el menos conocido.

Chernóbil, libro

Miembros del Partido Comunista, científicos, profesores, “liquidadores” que fueron enviados a las condiciones peligrosas y radiactivas de la central (y que sufrieron enfermedades, dolores, degradación gradual y la muerte) , familiares, periodistas… son los testigos y narradores de un acontecimiento histórico envuelto en ignorancia, miedo, control, amenazas, desinformación, pasividad, chapuzas, inmoralidad, abusos, ingenuidad, muerte, poder ilimitado… aunque también en solidaridad, entrega, sacrificio, heroísmo ‘soviético’, lecciones de humanidad y amor.

Como la historia de amor y muerte que inicia el libro, en la que una mujer tiene que ser testigo diario de cómo su pareja -uno de los muchos que trabajaron en Chernóbil en medio de la radiación- se va descomponiendo y muriendo poco a poco.

Chernóbil, máscaras

Estaba dispuesta a hacer lo que fuera para que él no pensara en la muerte… ni sobre lo horrible de su enfermedad, ni que yo le tenía miedo“, cuenta ella, frente a la advertencia del médico: No debe olvidar que lo que tiene delante ya no es su marido, sino un elemento radiactivo con un gran poder de contaminación”.

Yo creo en la historia”, cuenta otra persona. “En el juicio de la historia. Chernóbil no ha terminado, tan solo acaba de empezar”.

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