Cuando queremos comprar algo, es probable que investiguemos todo lo que se pueda al respecto para asegurarnos de que estamos haciendo una buena inversión. Con la ayuda de Internet, podemos leer reseñas, comparar artículos y evaluar nuestras alternativas para que, con algo de suerte, acabemos con la mejor opción para nuestro presupuesto.

Además, podemos encontrar objetos de todo el planeta; desde alfarería mexicana hasta zapatos de Zimbabwe. Y para acabar de complicar aún más el proceso de selección, existen casi infinitas combinaciones de formas, sabores, colores, precios y todo tipo de configuraciones para todo tipo de gustos; podemos encontrar de todo en Internet.

Otra cosa que podemos encontrar en Internet, aparentemente, es el amor. Al menos es lo que promueven muchos sitios y servicios en línea. Varios de estos sitios utilizan algoritmos que pretenden seleccionar a la persona adecuada para ti, como si se tratase de encontrar la funda perfecta para tu celular.

La diferencia principal es, por supuesto, que aquí debe de haber un acuerdo mutuo. Ambas personas deben aprobar la transacción; actúas como un comprador y vendedor a la vez, y estás ofertando mercancía muy preciada, a ti mismo. Incluso somos mercadólogos y publicistas cuando se trata de encontrar el amor.

Así que, comenzamos armando nuestro perfil; buscamos nuestras mejores fotos y pensamos en alguna forma divertida o ingeniosa de describirnos. Tratamos de no sonar altaneros o pretenciosos y a la vez, denotando que somos un “producto” deseable. Varios sitios solicitan que llenes una lista de lo que estás buscando en una pareja ideal. Color de pelo, altura, peso, condición física e incluso, gustos y aficiones; con base en esta información, los algoritmos te presentan a los posibles candidatos.

Con nuestro perfil armado, comienza la penosa tarea de esperar a que alguien, quien sea, se fije en nosotros. A veces es instantáneo y otras, es dolorosamente tardado. Pensamos en quién nos podrá escribir o a quién le gustó nuestro perfil porque, al final de cuentas, estamos dando nuestra mejor cara. Apostamos con el autoestima, esperando ganar un saludo al menos.

Ahora existen apps que simplifican aún más el proceso y buscan a posibles parejas utilizando tu ubicación mediante la antena GPS de tu celular. Apps como Tinder o Grindr te presentan un panel con fotos, tal y como un catálogo. Si la persona tiene un abdomen de six pack, seguramente serán su carta de presentación; si, más bien, tiene un barril por panza, seguramente tendrá una foto con su mejor cara y pose.

Es en ese momento cuando nuestros propios estándares suben y nos ponemos a descartar a todas esas posibles almas gemelas, juzgando, casi siempre, al libro por su portada.

En algunos casos, únicamente si ambas personas se gustan, pueden conversar; en otras, quien sea puede escribirte y jamás podrás saber con seguridad con quién estás platicando. Curiosamente, cuando alguien nos escribe, nuestras expectativas cambian y, de pronto, sentimos que nadie nos merece.

Estas apps se han convertido en sinónimo de sexo casual. Lo puedes leer en los perfiles: “para ya”, “sin lugar pero con ganas”, “caliente y sin preguntas”….. da la impresión de que buscar el amor es un sueño de princesas y hadas madrinas y lo que la gente está buscando es el acostón rápido y sin compromisos.

En casi cualquier relación, primero viene la época pasional y de enamoramiento. Todo es hermoso y todo es bello. Te encanta la forma en que habla y hasta su forma de mascar un chicle. Cada sonrisa te provoca mariposas en el estómago y nuestro cerebro está inundado en dopamina; tal y como si hubiéramos consumido cocaína. Muchos se casan, comienzan a vivir juntos, tienen hijos y todo pasa muy rápido, impulsados por el high del amor. Y luego, como pasa con todas las drogas, viene el bajón.

Es entonces cuando detestas la manera en que hace ruidos cuando mastica el chicle y cuando te exasperan hasta las muletillas que usa al hablar. Los mensajes de texto pasan de ser pequeñas cartas de amor a poco más que un memorándum en la oficina. Muchos, también, es cuando comienzan a buscar alternativas. Para muchas parejas, el fin del enamoramiento significa el fin de la relación.

El éxito de AshleyMadison, que sirve para encontrar un idilio cuando tienes el “inconveniente” de estar en una relación supuestamente estable, es un ejemplo claro de este fenómeno, actuamos como adictos al amor. En realidad, somos adictos a la dopamina, así que la buscamos en forma de sexo casual, una relación amorosa y en forma de chocolates, cuando el amor ya no alcanza.

Por eso, la posibilidad de contar con un directorio casi inagotable de posibles parejas es tan atractivo. Si una persona no es de tu agrado, siempre habrá alguien más. Si un sábado por la noche te encuentras solo, probablemente encontrarás a alguien más que busca compañía, aunque sea por unas horas. Todo, a un click de distancia.

Como buenos adictos, nos enfocamos en conseguir el siguiente jalón, el siguiente hit y el siguiente high. Buscamos esa pequeña explosión de luz y calor intenso en vez de perseguir una flama constante y duradera. Es menos costoso e implica menos compromiso y menos responsabilidad.

La soltería está de moda, los matrimonios van a la baja. Los que se casan, lo hacen más tarde en la vida que antes y ahora, lo que hacemos es experimentar. Intentamos probar de todo un poco hasta elegir qué es lo que nos gusta. Decimos estar buscando a nuestra alma gemela en un mar de fotos y, mientras la encontramos, cambiamos de gustos y de relaciones como cambiamos de calzones.

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